Siempre ha habido corrupción. Es algo que va en el hombre, el pecado original, cuya doctrina está muy bien expuesta en el Magisterio de la Iglesia. Pero hubo un tiempo, in illo tempore, en el que había hombres a los que la política les costaba dinero. Tenemos anécdotas de aquellos alcaldes, de hace unos cuarenta años, que pagaban de su bolsillo un viaje a Madrid para solucionar asuntos de su municipio, incluso pedían prestado a familiares la cantidad necesaria.
La política, así vivida, se puede decir que es vocacional. Hoy día, es mucho más generalizado encontrarse con hombres aferrados a sus poltronas –no hay quien los suelte de ahí-, que entienden la política como una salida y medra profesional, y sobreviven cueste lo que cueste, por encima de toda moralidad.
Creo que el político que accede a un cargo se debe preguntar: "qué puede hacer por su pueblo". En la mayoría de los casos, visto lo visto, muchos se preguntan: "qué puede hacer mi pueblo por mí".
No estoy diciendo que el político no deba cobrar, pues todo obrero merece su salario. Pero habría que ver cuánto cobran (dietas, etc.), y si su sueldo se corresponde a su trabajo. Es vergonzoso ver el Congreso de los Diputados vacío, en casi todos los plenos que no son trascendentes, porque sus señorías se dedican a otros menesteres.
Sí, la capacidad de elegir entre el bien y el mal, el libre albedrío, es lo que tratamos aquí. Nunca se había explotado tanto el tema de la corrupción como arma política. ¿Se debía esto a un pacto silencioso entre todos estos señores? No lo sé, ¿quién puede saber las intenciones? Pero el hecho es que está saliendo la podredumbre de todos los colores políticos a base de bien.
¿Cómo se puede solucionar esto si hace tiempo murió Montesquieu?
Parece que nunca una clase política en España fue tan corrupta –bueno desde la República, porque callar y permitir la mayor persecución religiosa de la historia del cristianismo es corrupción-, tan corrupta y tan intelectualmente decadente.
La decadencia intelectual de algunos personajillos de esta especie, v. gr. la señorita Leire Pajín, la exministra Magdalena Álvarez, la ministra de igualdad Bibiana Aído…, es el mascarón de proa de un barco encaminado a la deriva.
Se suele que un país tiene el gobierno que se merece. ¿Realmente se merece España esto? ¿En tan poco nos tenemos los españoles?
Juan Antonio Gallardo Valenzuela
La política, así vivida, se puede decir que es vocacional. Hoy día, es mucho más generalizado encontrarse con hombres aferrados a sus poltronas –no hay quien los suelte de ahí-, que entienden la política como una salida y medra profesional, y sobreviven cueste lo que cueste, por encima de toda moralidad.
Creo que el político que accede a un cargo se debe preguntar: "qué puede hacer por su pueblo". En la mayoría de los casos, visto lo visto, muchos se preguntan: "qué puede hacer mi pueblo por mí".
No estoy diciendo que el político no deba cobrar, pues todo obrero merece su salario. Pero habría que ver cuánto cobran (dietas, etc.), y si su sueldo se corresponde a su trabajo. Es vergonzoso ver el Congreso de los Diputados vacío, en casi todos los plenos que no son trascendentes, porque sus señorías se dedican a otros menesteres.
Sí, la capacidad de elegir entre el bien y el mal, el libre albedrío, es lo que tratamos aquí. Nunca se había explotado tanto el tema de la corrupción como arma política. ¿Se debía esto a un pacto silencioso entre todos estos señores? No lo sé, ¿quién puede saber las intenciones? Pero el hecho es que está saliendo la podredumbre de todos los colores políticos a base de bien.
¿Cómo se puede solucionar esto si hace tiempo murió Montesquieu?
Parece que nunca una clase política en España fue tan corrupta –bueno desde la República, porque callar y permitir la mayor persecución religiosa de la historia del cristianismo es corrupción-, tan corrupta y tan intelectualmente decadente.
La decadencia intelectual de algunos personajillos de esta especie, v. gr. la señorita Leire Pajín, la exministra Magdalena Álvarez, la ministra de igualdad Bibiana Aído…, es el mascarón de proa de un barco encaminado a la deriva.
Se suele que un país tiene el gobierno que se merece. ¿Realmente se merece España esto? ¿En tan poco nos tenemos los españoles?
Juan Antonio Gallardo Valenzuela
